Arena
La historia de las hermanas Arena y Sol.
Entre las montañas, en un pequeño pueblo adornado con nieve por todos lados; en una casa linda, acogedora, y toda hecha de troncos de madera, vivía una niña que se llamaba Arena.
Ella tenía 7 años y vivía con sus papás. Su hermana mayor, Sol, no vivía con ellos desde hace un tiempo; era joven y se había ido a recorrer el mundo. Arena era la más pequeñita de su familia y la extrañaba mucho.
Cuando estuvo en la selva de Brasil le mandó el diente de un cocodrilo, cuando estuvo por México le mandó una réplica pequeñita de la pirámide de Chichen Itzá, y cuando estuvo por la sierra del Perú le mando una llamita de juguete. Todo lo que Sol le mandaba, Arena lo cuidaba como su más preciado tesoro. Y con cada envió, siempre le mandaba un pequeño casete.
Y es que había algo que distinguía a la pequeña Arena de los demás niños del pueblo. Cuando nació, fue diagnosticada con una enfermedad donde poco a poco perdería la vista; y para cuando cumplió 5 años ya la había perdido por completo. Por eso, antes de que se fuera de viaje, su hermana le regaló un walkman. Así, con los casetes, Arena siempre podría escucharla; y de alguna manera, siempre estar cerca de ella.
El día de su cumpleaños, Arena recibió como de costumbre el regalo que su hermana le había mandado. Y con este también le llegó un casete. Arena se fue corriendo a su cuarto para escucharlo de inmediato.
En esa ocasión, Sol le contó sobre un lugar donde recién había llegado, un lugar al que siempre quiso ir. Ni una de las dos había estado en una playa antes. Nunca habían visto el mar; al menos no en persona. Y es que, a pesar de vivir tan lejos de la playa, este era un lugar especial ya que sus papás se habían conocido en una y fue por eso por lo que les pusieron esos nombres.
En la cajita que le mandó había tres cosas: una conchita de mar, una botellita con agua de mar, y una botella con arena.
Sol le contó sobre el sonido del mar; le dijo que si ponía la conchita al lado de su oreja escucharía el mar. Arena quedó maravillada cuando lo escuchó. También le dijo que al destapar la botellita con agua podría sentir el inconfundible aroma de mar. Y que si tocaba el agua con su lengua probaría que el agua de mar es salada. Muy salada. Después le dijo que se quitara los zapatos, destape la botella con arena y la vacíe sobre sus pies. Arena sonreía mientras sentía la arena deslizarse entre sus deditos. Y mientras escuchaba el casete, se imaginaba como sería estar en la playa, ahí mismo con su hermana.
Ese mismo día, pero ya en la tarde, después de que sus papás la sorprendieran con un pastelito que su mamá le había horneado, antes de soplar las velitas, ella pidió su deseo. El deseo que había pedido siempre; ver a su hermana.
En eso, el timbre de la casa sonó y Arena se sorprendió. Tomó a su papá del brazo y lo jaló hacia la puerta. Al abrirla, Arena estaba a su lado, abrazada de su pierna, tratando de escuchar o sentir quién era. Y escuchó una voz familiar decir, "¡Feliz cumpleaños!"
Arena reconoció la voz al instante. Era su hermana Sol.
That is the end of Arena. Thanks for reading.
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