Josefina
Un hombre cuenta la historia que alguna vez su abuela le contó de niño.
Cuando era niño, mi abuela siempre me contaba historias antes de irme a dormir. Una vez me contó cuando el circo llegó a su pueblo por primera vez. Ella era una niña y estaba muy emocionada. Todo el pueblo estaba entusiasmado y listos para atender las funciones. Se anunciaban a los infaltables payasos, los asombrosos monos malabaristas y los adorables perritos acróbatas. Pero lo que más le llamó la atención a mi abuelita, fue la presentación del gran elefante. Ella nunca había visto un animal tan grande.
Cuando llegó a su casa, les pidió a sus papás para ir, pero ellos no tenían dinero. Eran muy pobres. Sin embargo, eso no la desilusionó e igual se fue a la plaza donde estaba el circo. Quizás, desde afuera, podría ver algo. Y desde un agujerito, escondida, espiaba la función. El circo estaba lleno. La gente estaba alegre y disfrutaba del gran espectáculo. Mi abuelita estaba muy emocionada también, por fin vería a un elefante.
Pero en eso, escuchó a alguien venir y se fue corriendo a esconderse. Logró ponerse detrás de unos barriles, y vio que pasó un hombre que trabajaba en el circo. Luego, escuchó un sonido extraño que llamó su atención. Se fue en dirección al ruido, y se dio cuenta que aquel ruido era el elefante que se quejaba cuando su domador le pegaba para que salga de su corral. Ella sintió mucha pena y se enojó mucho.
Entonces, esa misma noche al final de la última función, mi abuelita se metió hasta el área del elefante para liberarlo. En medio de la noche, con sus manitos trataba de cortar las sogas de las piernas del elefante. El elefante estaba tranquilo mientras ella se apuraba y se fijaba que nadie la vea. El elefante solo la miraba con sus grandes y tiernos ojos negros. En eso, cuando estaba por terminar, escuchó unos ruidos y vio que eran los cuidadores que la vieron y le gritaron. Ella no pudo terminar de cortar la última soga y se fue corriendo.
El elefante aún no era libre, pero cuando vio que los cuidadores iban por mi abuelita, este tiró de la pierna de la que estaba atado con tal fuerza, que la rompió y se interpuso en el camino levantándose en dos patas. Estaba protegiéndola mientras ella huía. Mientras corría, ella volteó a ver y se tropezó con una de las sogas del circo. Al caer, se golpeó la cabeza con un ladrillo que estaba tirado y quedó inconsciente.
Cuando abrió sus ojitos, su cabeza estaba vendada y ella acostada en una cama en el hospital. Sus papás estaban a su lado y ella les preguntaba por el elefante; quería saber qué le pasó. Su papá le contó que los dueños del circo habían sido arrestados por maltrato animal. Todos los animales fueron rescatados. Ella tenía una sonrisa de oreja a oreja mientras lo escuchaba, y el doctor le iba sacando las vendas de la cabeza. Tras el accidente, en su frente le había quedado una pequeña marca por una cicatriz. Ella miraba hacia arriba tratando de verla. Y frente a un espejo en su casa, cada vez que se veía, se acordaba cuando ayudó a aquel elefante. Ese fue uno de los días más felices que mi abuelita tuvo en su vida. Ella vivía feliz con su marca en la frente.
El tiempo pasó, y yo crecí. A pesar de los años, siempre tenía a mi abuelita presente y también a sus historias; en especial la del elefante. Y un día me pasó algo que me hizo recordarla mucho. Algo lo cual me hubiera gustado tener la oportunidad de contarle.
Eventualmente, la vida me llevó pa’l norte. Ya no tenía una razón para quedarme. Llegué con un amigo donde pude trabajar con él en su negocio de jardinería; uno de los lugares donde daba mantenimiento era el zoológico. Un día, mientras recogía las hojas y ramas que mis compañeros habían cortado, escuché el ruido de un animal; era el de un elefante.
Como el mantenimiento lo dábamos en horas cuando el zoológico estaba cerrado al público, me acerqué hacia el área de los elefantes. Yo nunca había visto uno en persona y, verlo, pensé que me haría acordar a mi abuelita. Cuando llegué, vi que había dos grandes elefantes grises que parecían más altos que un autobús. Ellos estaban bajo la sombra un gran árbol al lado de su guarida. Y entre toda la tierra, pasto y lodo, corría libremente su cría.
Era una versión miniatura de los papás, pero se le notaba mucho más ligera y feliz al verla andar. Mientras la veía jugar con su sombra, el lodo y todo lo que se le cruzaba en el camino, me sentí muy cerca de mi abuelita. En eso, el elefantito se detuvo al darse cuenta de que lo estaba viendo. Sus papás se dieron cuenta de que algo había pasado al ver que su cría ya no estaba jugando. Luego, el elefantito comenzó a caminar hacia mí.
Por alguna razón no me moví. Y cuando llegó frente a mí, solo una reja nos separaba. Estábamos a solo unos cuantos pasos de distancia, pero se sentía más cerca. Con un poco de timidez, extendió su trompa hacia mis manos que se apoyaban en las rejas. El elefantito me miraba de arriba a abajo como inspeccionándome. Yo lo veía y pensaba en mi abuelita. Como lo tenía tan cerca, noté algo en su cara. Me acerqué un poco más y me di cuenta de que en su frente tenía una marca que era idéntica a la de mi abuelita. En eso, alguien me sorprendió desde atrás.
“Creo que le gustas”, me dijo un hombre que estaba parado detrás mío observándome. Como vio que me sorprendí por su llegada, se disculpó y se presentó; era uno de los cuidadores de los elefantes. Me dijo que él también estaba sorprendido; era la primera persona a quien se le acercaba. No había querido tratar con nadie.
Yo le pregunté sobre la marca en la frente del elefantito. El hombre me dijo que había nacido así, era una marca de nacimiento. Me contó que se decía que cuando alguien nace con una marca así, era porque la traía en otra vida. La marca no solo estaba en el mismo lugar donde la tenía mi abuelita, sino que también era igual. Pude contener que una lágrima caiga, pero no que mis ojos se humedezcan.
“¿Y cómo se llama?”, le pregunté disimulando la emoción.
“Josefina”
Durante toda mi vida, siempre pensé en lo tanto que me hubiera gustado contarle a mi abuelita lo que me pasó. Pero ahora que lo pienso, quizás ella ya lo sabe.
That is the end of Josefina. Thanks for reading.
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